¿Sabés quién soy yo?


Hace poco hablé con un taxista que me contó cómo una señora mayor, durante el viaje, le preguntó si sabía quién era ella.
Él le respondió con calma:
«Claro que no sé quién es. Para mí usted es una pasajera como cualquier otra».
La mujer se ofendió. Probablemente esperaba un «su alteza», quizás incluso una alfombra roja extendida frente a ella, pero ella es… una pasajera común. ¡Qué pena! ¡Que el taxista no reconociera a la hermanastra de la difunta reina Isabel II! ¡Qué lástima y qué tragedia! Oh, vida injusta… 🙄
Ya es hora de que algunas personas bajen a la tierra y entiendan que los títulos, las funciones y el estatus social valen solo en ciertos círculos, pero no en el respeto entre personas. En el momento en que nos sentamos en el asiento trasero de un taxi, todos somos iguales: personas que necesitan ir del punto A al punto B.
La persona que te maneja no vale menos ni está ahí para alimentar el ego de nadie. Está haciendo su trabajo, muchas veces rodeada de gente con la que la mayoría de nosotros no aguantaría ni una semana. ¡Yo probablemente los bajaría a todos del auto!
«¿Sabés quién soy?»
¡Sí, por eso te bajo!
Es fácil ser amable con quienes pueden darnos algo. Cómo es realmente una persona se ve en la forma en que trata a quienes no espera sacarles ningún beneficio. El taxista, el mozo, la vendedora, la persona de limpieza: no son “personajes secundarios” en nuestras vidas, sino personas que llevan muchísimo dentro de sí cada día.
Tal vez el mundo sería un poco más simple si entráramos más seguido en los zapatos de los demás y buscáramos menos que otros se queden firmes frente a nuestro ego. Podés tener tres títulos universitarios, podés ser presidente del país, pero si no sos buena persona, entonces no sos nada, y todo lo demás no sirve de nada.
Al final, no importa si alguien sabe quiénes somos. Importa más qué huella dejamos en los encuentros con personas que quizás nunca volvamos a ver. A mí me enseñaron que la amabilidad y el respeto son monedas que siempre tienen valor y dejan marca.
Imaginá que alguien tiene un día horrible y vos entrás en su taxi y le mejorás el momento haciéndolo reír o simplemente conversando con normalidad. La gente lleva muchas cosas dentro y solo espera una oportunidad para soltarlas; cuando dicen lo que les pesa, alivian el alma y enseguida se sienten mejor. Y no entrar al auto hablando de cuánto valgo más que él o de cómo él es un pobre que no puede permitirse un viaje a las Maldivas mientras yo sí.
Todo empieza en casa. La educación es fundamental para la sociedad, porque una mala educación no es solo un problema de los padres, sino de toda la sociedad.