De todo un poco

Para la próxima semana tengo grandes planes, así que crucen los dedos para que no fallen. 😀
Anteayer conocí al dueño de una librería hermosa y decidí que allí voy a hacer la presentación de mi primer libro. Ese espacio realmente me conviene porque tiene calidez y esa energía especial por la que me siento como en casa.
En cuanto a la presentación… no se preocupen. Van a estar avisados. 🙂
El domingo terminé el manuscrito de mi segunda colección de poesía. Terminar un manuscrito nunca es solo un acto técnico. Eso es cerrar un capítulo interno. Estoy orgullosa de mí misma porque sé cuánto trabajo, esfuerzo, amor, lágrimas y todo lo demás está tejido en cada página.
Mi proceso de escritura no es fácil. Escribo, borro, vuelvo, corrijo, vuelvo a escribir y así en círculo. A veces el mismo texto pasa por decenas de versiones antes de que sienta que eso es lo que busco.
El primer libro lo escribí durante tres años. De más de cien poemas escritos elegí cincuenta, y esos son los que más me representaban con precisión. La poesía para mí no es una forma, sino la huella de un estado interior. Si no me desnuda, no tiene sentido que exista.
La segunda colección continúa donde la primera se detuvo. Los temas son diversos, pero lo común es la autenticidad y la emoción. No escribo para agradar a todos. Eso es imposible. Siempre habrá quienes no se identifiquen con mi manera de expresarme, y está bien. Escribir no es competencia. Escribir es mi necesidad. Mi terapia.
Cada uno de nosotros tiene su manera de manejar las emociones. Alguien va al gimnasio, y yo escribo. Escribir es mi forma de sacar lo que, si se queda dentro, se convertiría en peso. Pero lo que más amo de todo es el momento en que el libro ve la luz del día y llega a las manos del lector. Mi alma se llena de alegría cuando alguien me dice que, leyendo mis versos, sintió algo que nunca antes había sentido. Cuando alguien me confiesa que lloró.
Queridos míos, las lágrimas nunca han sido señal de debilidad. Las lágrimas son señal de fortaleza. Señal de que llegó el momento de liberarnos a nosotros mismos.
Nuestras emociones no son nuestros enemigos. Son prueba de que estamos vivos. Si tienen ganas de llorar, lloren. Si tienen ganas de reír, rían. Todo lo que retenemos demasiado tiempo se vuelve peso. Todo lo que dejamos ir se vuelve espacio.
Y necesitamos espacio. En él crecemos. En él nos recomponemos después de habernos roto. En él aprendemos a diferenciar el silencio del vacío.
Escribir me enseñó paciencia. Me enseñó que cada herida tiene su propio ritmo de cicatrización. Algunas cosas maduran en silencio, lejos de las miradas, y solo cuando están listas, salen solas al papel.
Y si al menos una persona, leyendo mis versos, se detiene un momento, se reconoce a sí misma, eso basta.
Porque la poesía, al menos la mía, no está para impresionar. Está para tocar.