La imagen perfecta es una ilusión.
No podemos vivir la vida según los estándares ajenos. Si hacemos las cosas solo para impresionar a otros o para encajar en una imagen social, nos estamos engañando a nosotras mismas.
Las mujeres que se comparan constantemente con otras suelen olvidar lo más importante: sus propios deseos, necesidades y sueños. No importa lo que hagan los demás ni la vida que lleven; lo único importante es lo que hacemos nosotras y cómo vivimos.
Es increíble que aún hoy algunas chicas entren en relaciones, e incluso en matrimonios, no por amor, sino por presión social. “El tiempo se acaba”, dicen. Mejor estar con cualquiera que estar sola. En esas situaciones muchas veces terminan con alguien que ni siquiera sabe lo que quiere, o con esa persona “práctica”, fácil de manejar.
Muchas mujeres buscan justamente a alguien así a su lado, porque así todo será como ellas quieren. Existe ese tipo de mujeres que elige a los más débiles, a los que solo asienten y aceptan todo. Para mí, eso es tibieza. Si una mujer se coloca como la dueña absoluta, el hombre se convierte en un perrito a pilas. Cuando ella dice: “Yo ya decidí”, él no tiene voz ni voto. Está ahí solo para mover la cabeza. Pobre de él cuando llegue a los cuarenta y mire hacia atrás y vea cuán ingenuo fue. No querría estar en su piel, ni en la de ella.
Ese tipo de mujeres vive para la mirada ajena. Pero la vida no es una competencia. No es una carrera ni una lista de logros que hay que tachar. Cuando las mujeres miden su valor a través de la vida de otros, se pierden a sí mismas.
Hay que animarse a decir “no” a las presiones y expectativas. Animarse a vivir según las propias reglas. Este es el siglo XXI, un siglo en el que las mujeres por fin tienen elección. Pero una elección sin valentía es solo una ilusión de libertad.
Muchas mujeres todavía se disculpan por querer algo distinto. No quieren casarse. O lo quieren, pero más adelante. No quieren hijos. O los quieren, pero no a cualquier precio. Y cada vez que se eligen a sí mismas, alguien intenta explicarles que se equivocaron. La sociedad aplaude a las mujeres que “llegaron a tiempo” a todo, y mira con desconfianza a las que se detuvieron a pensar. Y justamente esas mujeres suelen ser las que viven de manera más consciente, más profunda y más honesta.
Estar sola no es un fracaso. Cambiar de rumbo no es una debilidad. Empezar de nuevo no es una derrota. La mayor pérdida no es quedarse sin pareja, sino quedarse sin una misma en el intento de encajar en alguien o en algo.
En el siglo XXI el tiempo no se les acaba a quienes viven de forma auténtica. Solo se les acaba a quienes postergan su propia vida esperando la aprobación ajena.
No se apuren. No se comparen. No se achiquen. Su vida no es un tren atrasado que hay que tomar a cualquier precio. Es un camino que solo tiene sentido si lo recorren despiertas, presentes y fieles a sí mismas.
Esa es la verdadera revolución del siglo XXI. Somos seres vivos con nuestro propio ritmo, miedos, traumas, luchas, fortalezas y sueños.
Nuestro valor no crece con un anillo en el dedo, un título, la cantidad de hijos ni la aprobación de otros. Ese valor ya está ahí. Ahora. Indiscutible. Completo.
Y no, no somos egoístas por elegirnos. Egoísta es exigirle a una mujer que renuncie a su propia vida para que otros estén más cómodos. Egoísta es esperar que se calle, aguante y se adapte solo porque “así debe ser”.
Mientras no le hagamos daño a nadie, tenemos derecho a vivir nuestra vida como queremos. Tenemos derecho a decir: “Este no es mi camino”. Incluso si ya lo recorrimos durante un tiempo. Incluso si otros creen que es una lástima abandonar. No hay mayor daño que quedarse donde el alma se va marchitando lentamente.
La mujer que se elige a sí misma no huye de la responsabilidad. Asume la mayor de todas: la responsabilidad por su propia vida, por su verdad y por los sentimientos que le quedan cuando, por la noche, se queda sola, sin un público que siempre murmura. Porque recién en ese silencio queda claro si está viviendo su vida o si se convirtió en la marioneta de alguien más.
Las mujeres valientes no caminan por senderos marcados. Crean los suyos. Y eso siempre significa que serán odiadas por quienes no tuvieron el coraje, o que intentarán devolverlas “al orden”, advirtiéndoles que “algún día se van a arrepentir”.
Pero casi nadie habla de los arrepentimientos de quienes eligieron mal. De esos arrepentimientos se guarda silencio.
Queridas mías, no le deben a nadie matrimonio, hijos, una relación estable ni compromisos a cualquier precio. Se deben a sí mismas honestidad. Elijan despacio. Elijan con conciencia. Elijan con el corazón, pero también con la razón.